14 de marzo de 2017

Crítica: Langosta, de Yorgos Lanthimos.



Repasar las películas nominadas a los Óscar, de vez en cuando, te depara alguna sorpresa. Esta, desde luego, es la sorpresa de este año. Langosta es una película extraña en el mejor sentido de la palabra. 


Pero ¿qué es esto? Langosta comienza con el personaje de Colin Farrell llegando a un hotel. Un hotel raro, del que descubrimos al poco que sirve para encontrar pareja, y que tienes un plazo para ello. Todo es muy estricto y creepy. Es inevitable compararlo con cualquier capítulo de Black Mirror. El caso es que, si no consigues emparejarte, te convierten en animal, como si en esa sociedad no hubiera sitio para los solteros. 

Ese es el comienzo y puesta en situación de la película. Cabe destacar que tiene un curioso sentido del humor. Una mezcla de ironía y absurdez que, aunque aumente el drama, vuelven ligera la película. 


Hay dos arcos destacados en la película. El primero es el tiempo que transcurre en el hotel, donde poco a poco vamos descubriendo cómo funciona el sistema y lo frío e impersonal que resulta todo, cuando debería ser lo contrario, ya que hablamos de buscar pareja. El segundo arco es su etapa en el bosque

¿Por qué merece la pena ver la película? Pues por su argumento y el tratamiento que le da. Es una clara crítica a la sociedad. Hay conceptos interesantes. Uno en particular me llamó más la atención. Mientras está en el hotel, puede tocar a las posibles parejas, pero sin tener sexo. En el bosque, donde mantienen la soltería como modo de vida, está prohibido tocar y tontear. Ambos escenarios son estrictos y coartan la libertad de actuación, tanto los de un bando como los del otro. Me encanta. Y, por supuesto, donde empieza a sentir algo por alguien de verdad es donde NO debe hacerlo, estando en el bosque, siendo soltero. 


Este argumento podía ser completamente diferente en otras manos. Lanthimos y su equipo han usado el arte y la estética bastante bien, dando ese tono retrofuturista. 
La forma de narrar y enseñarnos la historia es sutil, ampliando el marco y la información que nos dan hasta tener el contexto completo. 

Para que no os creáis que todo va de buscar el amor, tengo que deciros que hay una caza, una caza humana bastante extraña y totalmente desalmada, como prueba final de lo fría y poco empática que es la sociedad que recrea. 


Pero el concepto que nos lleva a Ese desenlace es que, para estar con alguien, tienes que tener algo en común, aunque sea una gilipollez. El protagonista, al estar educado así, está obsesionado con ello. No concibe que le guste alguien con quien no comparte nada, y vale desde un hobbie a una cojera o miopía. Ese es el nivel. Si tu pareja y tú sois cojos, estáis hechos el uno para el otro. Tener algo en común (y solo esa cosa) es la base para una relación estable, y a veces hasta merece la pena fingirlo. El conflicto final llega cuando lo que aparentemente comparte con el personaje de Rachel Weisz desaparece. Independientemente de lo que siente por ella, ya no son una pareja, porque no tienen nada en común. Así que hace algo para solucionarlo. 
Es absurdo, pero, si tomamos un poco de perspectiva y aislamos la parodia, es tan real que da miedo. 


Los personajes son peculiares, todos ellos. El de Colin Farrell, protagonista alrededor del que gira todo, es un divorciado que sabe que tiene que encontrar el amor, aunque no muestra la más mínima pasión por ello. En el hotel se junta con otros dos hombres, el personaje de John C. Reilly y un joven que es cojo, y busca una coja, pero, como no hay ninguna, finge otro problema para tener esa cosa en común y conseguir pareja. Lo mejor de esta etapa es el personaje de Aneliki Papouila, una mujer muy violenta que protagoniza la escena más desagradable de la película. Un personaje llevado al límite. 
En la etapa del bosque encontramos a la maravillosa Rachel Weisz y a Léa Seydoux, esta última interpretando a la líder, una mujer implacable y lista y dura. Está estupenda. 


Es una película rara, pero es corta y curiosa y recomendable. Ya sabéis. 
¡Juzga por ti mismo!

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